Cáritas Diocesana de Huelva ha llevado a cabo una misión profesional en la diócesis italiana de Foggia, en el marco de la Red África‑Europa para la Movilidad Humana (RAEMH), una plataforma que impulsa el trabajo conjunto entre organizaciones europeas y africanas dedicadas a la movilidad humana, el intercambio de prácticas y el fortalecimiento de redes.
Durante varios días, un equipo formado por María Macías (directora), Javier Ortiz (técnico de Empleo) y Peña Monje (responsable de comunicación y cooperación) ha conocido de primera mano el trabajo que Cáritas Foggia desarrolla con personas migrantes en situación de especial vulnerabilidad.
La RAEMH facilita misiones de inmersión profesional que permiten a sus organizaciones miembros descubrir nuevos contextos, compartir metodologías y reforzar la cooperación internacional. En este marco, Cáritas Huelva y Cáritas Foggia han llevado a cabo un intercambio centrado en comprender la realidad migratoria del territorio y las respuestas que se articulan desde la Iglesia local.
“Esta misión nos ha permitido profundizar en la realidad migratoria de Foggia, acercarnos a las historias de las personas acompañadas por Cáritas y conocer proyectos que buscan ofrecer alternativas dignas. El intercambio nos ayuda a comprender mejor los desafíos comunes y a fortalecer la cooperación y el aprendizaje mutuo”, destaca el equipo de la Cáritas Diocesana de Huelva.
Uno de los momentos más significativos de la misión fue la visita al campamento de Borgo Mezzanone, considerado el asentamiento informal más grande de Europa. Allí viven alrededor de 4.000 personas, cifra que puede duplicarse durante la temporada agrícola.
Las condiciones de vida son extremadamente precarias: falta de saneamiento, viviendas improvisadas y una fuerte dependencia del trabajo agrícola en condiciones muy duras. La mayoría de las personas proceden de Nigeria, Gambia, Senegal, Ghana, Somalia, Afganistán y Pakistán.
Desde 2014, Cáritas Foggia —en coordinación con Cáritas Italiana— ofrece en este contexto asistencia jurídica, atención médica, escucha activa y acompañamiento social, además de programas que fomentan la salida del campamento mediante oportunidades laborales y procesos de integración.
El equipo también visitó el campamento de la Gran Ghetto de Rignano, donde viven cerca de 1.000 personas, en su mayoría procedentes de países del África occidental. Allí, Cáritas Foggia acompaña diariamente a los trabajadores agrícolas que viven y trabajan en condiciones de gran vulnerabilidad.
Además, la misión permitió conocer el trabajo del sindicato CGIL, que lucha por los derechos laborales de las personas migrantes en el sector agrícola, ofreciendo apoyo legal, cursos de italiano y acompañamiento en procesos de regularización.
Por otra parte, durante la misión tuvimos la oportunidad de conocer a varios equipos parroquiales de Cáritas Foggia, que trabajan día a día para atender a las personas que más lo necesitan en sus comunidades. Su compromiso, cercano y profundamente arraigado en el territorio, nos permitió descubrir otras formas de acompañamiento y organización pastoral, enriqueciendo aún más el intercambio y mostrando cómo la acción caritativa de la Iglesia se sostiene gracias a la entrega de tantas personas voluntarias y agentes locales.
La misión profesional entre Cáritas Huelva y Cáritas Foggia se enmarca en el compromiso de la RAEMH por promover una movilidad humana más justa, humana y respetuosa con los derechos de las personas. El intercambio ha permitido fortalecer la relación entre ambas Cáritas, generar aprendizajes mutuos y abrir nuevas vías de colaboración.
Cuando la enfermedad llega sin red familiar, las personas en situación de movilidad humana afrontan la salud desde la soledad y la incertidumbre, mientras espacios como la Casa de los Milagros de Cáritas Diocesana de Huelva sostienen su recuperación y sus cuidados
Cada 7 de abril, Día Mundial de la Salud, se vuelve a situar en el centro la idea de que la salud es un derecho universal. Sin embargo, cuando ese derecho se observa desde la experiencia de la movilidad humana, su significado se vuelve más complejo y, en muchos casos, más frágil. Porque la salud no empieza en un hospital ni termina en un tratamiento. Empieza mucho antes, en las condiciones que hacen posible poder recuperarte: tener un lugar donde descansar, alguien que te acompañe o una red que te sostenga. Cuando todo eso falta, enfermar deja de ser un episodio puntual para convertirse en una experiencia de vulnerabilidad muy grave.
En Huelva, esa realidad se palpa cada día en la Casa Santa María de los Milagros, un proyecto impulsado por Cáritas Diocesana de Huelva que acoge a personas enfermas sin hogar, muchas de ellas migrantes, para que puedan recuperarse en condiciones dignas. Allí, la salud se entiende de manera integral, como un proceso que no solo implica tratamiento médico, sino también cuidado cotidiano, estabilidad y acompañamiento. “Lo que pretendemos es ofrecer el cuidado que cualquier persona tendría en su casa, con su familia”, explica Juana Redondo, técnica de la casa. Su afirmación encierra, en realidad, una carencia estructural: quienes llegan a esta casa lo hacen, precisamente, porque no tienen ni hogar ni familia cerca.
Esa ausencia se hace especialmente visible en historias como la de Carmen Elena Busuioc, una mujer de 42 años proveniente de Rumanía que lleva más de cinco meses en la casa recuperándose de un cáncer de mama. A pesar de vivir desde hace quince años en España, la enfermedad la dejó completamente desprotegida. “Me encontré sin hogar, sin comida, sin dinero, sin nada”, relata. Su experiencia pone de relieve una diferencia fundamental entre enfermar dentro o fuera de tu país, de tu casa: la red de apoyo. “Aquí no tengo a nadie… mi familia no está conmigo”, explica. Frente a quienes cuentan con un entorno que sostiene en los momentos más difíciles, muchas personas migrantes atraviesan la enfermedad desde la soledad. “Si naces aquí, alguna casa tienes, algún apoyo… para nosotros es mucho más difícil”, resume.
Aunque el sistema sanitario español garantiza la atención médica, la experiencia cotidiana demuestra que el acceso real a la salud no depende únicamente de ese derecho formal. “La atención médica está garantizada incluso para personas en situación administrativa irregular”, explica Juana Redondo. Sin embargo, la experiencia real muestra otra cara del sistema. Existen barreras menos visibles que condicionan profundamente los procesos de recuperación. El idioma es una de ellas. Tal y como señala Juana, los profesionales sanitarios explican diagnósticos y tratamientos, pero no siempre de una forma accesible para quienes no dominan la lengua. Esta dificultad, sumada al desconocimiento del funcionamiento del sistema —los tiempos de espera, los circuitos médicos, la importancia del seguimiento—, provoca que muchas personas no comprendan completamente su proceso de salud. Las consecuencias son notables: citas perdidas, tratamientos interrumpidos o medicación mal administrada. A esto se suma un factor determinante que rara vez se tiene en cuenta en la consulta: las condiciones de vida. Resulta difícil seguir una dieta, guardar reposo o cumplir con determinadas pautas médicas cuando no se dispone de un espacio estable donde hacerlo. Según el IX Informe sobre Exclusión y Desarrollo Social en Andalucía, un 15,9% de la población andaluza ha tenido que dejar de comprar medicamentos, seguir tratamientos o mantener dietas por motivos económicos. Entre la población extranjera no comunitaria, esta cifra asciende hasta el 22,2%.
La desigualdad se acentúa aún más en el acceso mismo al sistema sanitario: mientras que en el conjunto de Andalucía solo un 1,1% de la población carece de cobertura, el porcentaje se eleva hasta el 7,6% entre las personas extranjeras fuera de la Unión Europea. Datos que evidencian que, aunque el derecho exista, no siempre se traduce en una posibilidad real.
La situación se agrava especialmente cuando la enfermedad se cruza con la falta de vivienda. “Hay muchas personas enfermas que terminan en la calle”, advierte Juana. En ese contexto, la recuperación se vuelve prácticamente imposible. Sin un lugar donde descansar, sin acceso a una alimentación adecuada o sin medios para desplazarse a revisiones médicas, la enfermedad no solo persiste, sino que se intensifica. Es en ese punto donde la Casa Santa María de los Milagros cobra importancia, ofreciendo algo tan básico como imprescindible: un lugar donde estar, parar y curarse.
Pero el cuidado que se ofrece en la casa va más allá de lo material. En el día a día, el acompañamiento emocional juega un papel fundamental. Carmen María Serrano, voluntaria desde hace un año y medio, describe cómo su labor comienza mucho antes de lo que podría parecer. Llega antes de su turno para compartir la cena con las personas acogidas, conversar con ellas y escuchar sus historias. No se trata solo de estar presente, sino de generar un espacio de confianza y cercanía. “Muchas veces nos convertimos un poco en familia”, explica. En un entorno donde la red afectiva está ausente, ese acompañamiento cotidiano se convierte en un pilar esencial del proceso de recuperación.
La experiencia de Oumar Diabaté, de 43 años, originario de Mali y con más de una década en España y en situación administrativa regular, introduce otra dimensión clave en la relación entre salud y migración: la imposibilidad de detenerse. Tras sufrir un accidente de moto en su país, que le dejó la pierna gravemente dañada, regresó a España —donde llevaba desde 2010 trabajando en el sector agrícola — con la intención de retomar su vida. Intentó ponerle solución a su pierna en Bamako, pero la única solución que le dieron fue cortársela. Atemorizado, volvió con dolor a España para seguir su vida. Sin embargo, el dolor y la lesión se lo impidieron. Aun así, su primera reacción fue intentar trabajar. “Si no trabajas, ¿cómo comes?”, plantea, dejando al descubierto una lógica marcada por la supervivencia. Durante más de un año y ocho meses esperó una operación, desplazándose constantemente entre Lepe y Huelva, mientras vivía en condiciones precarias, durmiendo en el salón de un compañero. “Sufrí muchísimo”, recuerda.
Su llegada a la Casa de los Milagros supuso un punto muy importante para su futuro. Por primera vez en mucho tiempo, encontró estabilidad. “Aquí no me faltaba nada: comida, vivienda y personas que me apoyaban”, explica. Además, el acompañamiento facilitó el seguimiento de su tratamiento médico, algo que hasta entonces había sido difícil de sostener. Sin embargo, incluso en ese entorno protegido, la presión por trabajar no desaparece. Oumar tiene tres hijos y una mujer en Mali, y su tranquilidad depende, en gran medida, de los ingresos que él pueda enviar. “Si tienes familia, tienes una presión muy fuerte para no parar de trabajar”, afirma. Esta urgencia atraviesa la experiencia de muchas personas migrantes, que se ven obligadas a priorizar el trabajo incluso en situaciones de enfermedad, poniendo en riesgo su propia recuperación.
Junto a estas dificultades materiales, la enfermedad también tiene un impacto emocional profundo. La distancia con la familia, la preocupación constante y la imposibilidad de acompañar a los seres queridos generan un desgaste difícil de gestionar. Según explica Juana, esta carga se vive de manera especialmente intensa en el caso de las mujeres, que a menudo asumen el peso emocional del cuidado incluso desde la distancia.
En este contexto, el acceso a la salud de las personas migrantes ha vuelto al centro del debate político en España. En los últimos días, el partido de ultraderecha Vox ha impulsado propuestas para restringir la atención sanitaria a personas en situación administrativa irregular, planteando limitar su acceso a determinados servicios. Estas posiciones han arrastrado al Partido Popular a reabrir un debate que parecía superado desde la recuperación del modelo de sanidad universal. Frente a ello, organizaciones sociales y profesionales del ámbito sanitario advierten de que limitar el acceso no solo supone una vulneración del derecho a la salud, sino que también tiene consecuencias en términos de salud pública y cohesión social, al dejar fuera del sistema a personas que igualmente enferman, necesitan cuidados y forman parte de la sociedad.
La Casa Santa María de los Milagros se presenta así como un ejemplo concreto de lo que implica abordar la salud desde una perspectiva integral. Sin embargo, su existencia también pone de manifiesto una carencia estructural: la falta de recursos específicos para personas enfermas sin hogar. A pesar de su trayectoria, el proyecto no encaja fácilmente en las categorías de financiación pública, lo que evidencia una desconexión entre las necesidades reales y las respuestas institucionales.
Las historias que atraviesan esta casa recuerdan que el derecho a la salud no se garantiza únicamente con atención médica. Requiere condiciones materiales, acompañamiento y estabilidad. En un contexto marcado por la movilidad humana – también en Huelva, donde miles de personas migrantes forman parte del día a día, sostienen sectores clave y construyen, junto al resto de la ciudadanía, el relato común de nuestros pueblos y barrios–, repensar la salud desde esta perspectiva se vuelve una cuestión acuciante. Porque, como muestran estas experiencias, sanar no es solo curar, sino hacerlo en un lugar donde la dignidad se proteja.
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